Derrumbe del fascismo
Hasta 1942, la pugna entre los aliados y los integrantes del Eje permanecía en un punto muerto, sin que la balanza se inclinara en uno u otro sentido. Pero a partir de 1943, ésta comenzó a cargarse en favor de los aliados: en el Extremo Oriente, luego de extender al máximo su sistema ofensivo, los japoneses debieron abandonar algunas posiciones ante la avanzada del general norteamericano Douglas Mac Arthur.
En Rusia la situación general de los ejércitos alemanes, fuerte aún, ya no les permitía pensar en grandes ofensivas. En Africa, las fuerzas del Eje, antes arrolladoramente invasoras, a principios de año se hallaban acosadas y a la defensiva.
Durante todo 1943, los rusos mantuvieron la iniciativa en las operaciones interrumpiéndolas sólo en la época de deshielo.
En enero prosiguió con mayor intensidad la ofensiva rusa iniciada a fines de noviembre de 1942. Se combatió en todo el frente y, a fines de mes, se consiguió levantar el cerco de Stalingrado, alejando progresivamente a los alemanes de los alrededores de la ciudad. El 2 de febrero siguiente la guarnición alemana de Stalingrado se rindió.
Con las fuerzas que quedaron libres, los rusos reforzaron su ofensiva, derrumbando el frente alemán. Las tropas germanas empezaron a perder, unos tras otros, puntos conquistados en años anteriores. Pero un contraataque alemán posterior hizo abandonar a los soviéticos parte del terreno conquistado.
En julio de 1943, una crisis política en Italia, provocada por el fracaso de sus empresas militares, derribó a Mussolini y con él cayó el régimen fascista. El mariscal Pietro Badoglio formó nuevo gobierno y se dispuso a entrar en trato con los aliados. El 3 de septiembre se concertó un armisticio, que no se hizo público hasta el día 8. Los alemanes, en conocimiento de este acuerdo, ocuparon el norte de Italia, Roma y sus aeródromos. Casi sin resistencia, las tropas italianas fueron desarmadas.
De paso, los nazis ocuparon los países balcánicos (Grecia, Yugoslavia y Albania). El 3 de septiembre, las fuerzas aliadas habían desembarcado en territorio de la península italiana, partiendo desde la isla de Sicilia.
Los germanos bajaron desde el norte para repelerlos, poniendo en grave aprieto a los aliados, que pudieron sostenerse en la costa gracias a los efectos de la artillería gruesa de la escuadra. La situación, sin embargo, no se definió en favor de ninguno de los bandos, sino que se estabilizó momentáneamente.
Los alemanes, entonces, crearon un gobierno republicano fascista, al frente del cual pusieron a Mussolini que, prisionero de los aliados, fue liberado novelescamente, por vía aérea, de su prisión en una montaña.
El gobierno de Badoglio, reconocido como “co-beligerante” por los aliados, declaró al guerra a Alemania. A fines de septiembre, los aliados iniciaron su ofensiva en la península. Tras algunos vaivenes, a finales de noviembre ésta obligó a los germanos a replegarse a una nueva línea de defensa. A fines de ese año, el frente italiano entró en un período de inactividad.
En Yugoslavia, entretanto, recrudeció la rebeldía antialemana, sostenida por las partidas guerrilleras encabezadas por Josip Broz, más conocido como Tito. Tito había surgido en 1941 como cabecilla guerrillero contra la fuerzas de ocupación del Eje.
Sus exitosas incursiones inmovilizaron las grandes fuerzas del Eje en Yugoslavia, y en 1943 controlaba grandes áreas con su ejército de más de 200 mil hombres. En 1944, con el apoyo total de la URSS, Inglaterra y los Estados Unidos, pasó a controlar Yugoslavia.
La derrota de Alemania e Italia en la II Guerra Mundial desacreditó al fascismo en Europa en el periodo de posguerra. Países como España y Portugal, cuyos gobiernos fascistas se mantuvieron en el poder después de la contienda, pasaron del totalitarismo al autoritarismo, y difuminaron sus rasgos fascistas.

