El polvorín de los Balcanes

Al encontrarse Europa dividida en dos sistemas de alianzas hostiles, cualquier alteración de la situación política o militar en Europa, África o en cualquier otro lugar provocaría un incidente internacional. Desde 1905 hasta 1914 tuvieron lugar varias crisis internacionales y dos guerras locales, y todos ellas estuvieron a punto de desencadenar una guerra general en Europa.

El primer conflicto se produjo en Marruecos, donde Alemania combatió en 1905 y 1906 para apoyar al país en su lucha por la independencia y para evitar el dominio del área por Francia y España. Francia amenazó a Alemania con declararle la guerra, pero el incidente se solucionó finalmente en una conferencia internacional celebrada en Algeciras (España) en 1906.

Pero el verdadero polvorín de Europa estuvo en la península de los Balcanes. En la actualidad se encuentran allí los estados de Rumania, Albania, Yugoslavia, Bulgaria, Grecia y parte de Turquía. Por el año 1910, sin embargo, el panorama en la región era diferente. Yugoslavia, por ejemplo, aún no existía, pues sólo se constituyó como país en 1919. En cambio, habían estados hoy desaparecidos. Entre ellos podemos citar a Servia y Montenegro.

Los acontecimientos de los Balcanes, que según los entendidos constituyeron uno de los antecedentes inmediatos de la guerra europea son bastante complejos. Para comprenderlos es necesario tomar en cuenta que, por aquel entonces, los sentimientos nacionalistas eran un elemento importante en el panorama político. Si bien para algunos el nacionalismo era sinónimo de soberanía de un pueblo, para otros tenía un sentido más amplio. Entre estos últimos habría que citar a muchos patriotas alemanes que consideraban la nacionalidad como la agrupación étnica de los pueblos, aun cuando éstos estuvieran divididos por diversas fronteras políticas. Esto es lo que se conoce como la doctrina del pangermanismo. Pero los alemanes no eran los únicos que alimentaban ideas de este tipo. Entre los rusos existían corrientes similares, las paneslavistas que pretendían unir al Imperio ruso las naciones eslavas de Europa y los Balcanes.

Las guerras balcánicas

Turquía aún tenía suficiente fuerza para combatir con éxito a los pueblos balcánicos por separado. Sin embargo, era demasiado débil para hacer frente a una coalición, Aprovechando este estado de cosas, en 1912, Servia, Montenegro, Grecia y Bulgaria aunaron sus fuerzas para combatir a los turcos. En tres se manas habían logrado una victoria espectacular barriendo a Turquía del continente europeo casi por completo. (Al finalizar la primera guerra balcánica, el emperador alemán Guillermo II -en la foto-apoyó las pretensiones expancionistas de Austria)

Europa entera quedó sorprendida con la fulminante derrota turca. Sin perder el tiempo las potencias europeas se dispusieron a tomar cartas en el asunto. En la región se había producido un vacío de poder que muchos quisieron aprovechar.

Naturalmente, el asunto no era sencillo. Surgieron importantes puntos de fricción. Por ejemplo, Servia reclamó la zona que hoy es Albania. Lo grave es que también Austria tenía pretensiones sobre ese territorio, de modo que se opuso vehementemente a los deseos servios. Para ello contaba con el apoyo de sus aliados Alemanes e italianos. Claro que Servia tampoco estaba sola. Disfrutaba de la simpatía de Rusia, que le dio su respaldo. La tensión subía minuto a minuto. Incluso muchos pensaron que estallaría una guerra a gran escala. Sin embargo, el peligro se disipó.

Finalmente, los países balcánicos se dieron cita en Londres para dictar la paz a Turquía. Claro que quedaba por resolver el asunto de la repartición de los territorios ganados. Y en eso estaban cuando Bulgaria decidió tomar la iniciativa… y las armas. Sin previo aviso atacó a Grecia y Servia, dando comienzo a la segunda guerra balcánica

Una vez más, las potencias europeas tomaron partido. Alemania y el Imperio austro húngaro brindaron sus simpatías a Bulgaria, mientras Rusia y Francia se inclinaron por Servia. El conflicto acabó con la derrota búlgara. La paz se firmó en Bucarest, en agosto de 1913. Se dice que las partes no quedaron muy satisfechas con el acuerdo y, de hecho, en el espíritu austríaco siguió latente el deseo de aplastar de una vez por todas a Servia.

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