La Revolución Francesa

Luis XVI y María Antonieta

La falta de voluntad fue una de las características de Luis XVI, quien subió al trono de Francia a la muerte de su abuelo, Luis XV. Los historiadores lo describen como un personaje rechoncho, de andar torpe y sin muchas condiciones para hacer frente al difícil periodo en que le tocó gobernar.

Cuando subió al poder declaró que deseaba ser amado por sus súbditos e hizo todo lo que pudo para conseguirlo. Por ejemplo, despidió a dos ministros de su antecesor Maupeou y Terray, que eran aborrecidos. Además restableció los Parlamentos que había abolido Luis XV, sin imaginar los dolores de cabeza que estos le darían más adelante.

En realidad Luis XVI tenía buenas intenciones, pero carecía de capacidad para el manejo público. Su gran pasión era la caza y él mismo llevaba una estadística: entre 1775 y 1789 salió a cazar nada menos que 1562 días. Se cuenta también que al regresar de su jornada de cacería, acostumbraba darse un banquete y luego dormirse.

El collar de la reina

A pesar de su poca fortaleza, el pueblo no sentía mayor antipatía por este monarca. Por el contrario, veía con malos ojos a su esposa, María Antonieta, que era de origen austriaco. La reina, hermosa y alegre, tenía fama de frívola. El comportamiento irresponsable de la reina, en lo que a gastos se refiere, era el blanco común de la crítica de sus adversarios. Su popularidad cayó aún más a mediados de la década de 1780, cuando la soberana se vio envuelta en un bullado escándalo.

Este episodio pasó a la historia como el “asunto del collar de diamantes” que, se cree, fue urdido por adversarios de María Antonieta.

Todo comenzó cuando una estafadora que se hacía llamar condesa de Lamotte convenció al cardenal de Rohan, a quien la reina no podía ver, de que podría ganar la amistad de la soberana regalándole un hermoso collar de diamantes. El pobre cardenal cayó en la trampa y encargó la joya, la cual nunca llegó a manos de María Antonieta. Cuando la estafa fue descubierta, se produjo un escándalo y se cuestionó no sólo la honestidad del cardenal sino también la de la reina. Ambos fueron posteriormente absueltos, pero el daño a su imagen ya estaba hecho.

Prestigio internacional

En tiempos de Luis XVI, Francia tenía problemas económicos, pero gozaba de una buena posición en el plano internacional. Como Inglaterra le disputaba supremacía en Europa, el ministro francés de Relaciones Exteriores, Vergennes, buscó la forma de dar un golpe al adversario. Encontró el escenario propicio en Estados Unidos, país que luchaba por independizarse. Luis XVI reconoció la independencia de esa nación en 1778 y firmó una alianza que le llevó a aumentar su prestigio y también sus problemas financieros.

Al borde de la bancarrota

En el reinado de Luis XVI había graves problemas. Y no era para menos, considerando el lujoso modo de vida de la realeza y los cortesanos, que gastaban dinero a manos llenas. El encargado de manejar las finanzas fue Robert Turgot, que tenía fama de ser un hombre serio y honesto. Cuando asumió su cargo de inspector general, dio a conocer al rey sus propósitos: “nada de bancarrota, nada de aumento de tributos, nada de empréstitos”. La idea de Turgot era reducir los gastos, pero esto era difícil de conseguir.

El ministro de finanzas estaba consciente de ello, incluso señaló al rey: “tendré que luchar con la generosidad de Vuestra Majestad y de las personas que le son más queridas. Seré temido, odiado aún por casi todos los que componen la corte, por todos los que solicitan mercedes”. Luis XVI, al parecer con buena voluntad, le aseguró su respaldo.

Turgot sustituyó el trabajo de mantención de caminos, al que estaban obligados los habitantes, por un impuesto. Lo importante de esta medida era que todos los propietarios debían pagar el tributo, incluso los nobles, quienes tradicionalmente habían estado exentos de impuestos. Otra medida consistió en abolir las corporaciones o gremios las que reunían a quienes desempeñaban un mismo oficio imponiendo reglamentos que impedían la libertad de trabajo. Con estas medidas Turgot se ganó grandes enemigos: los parlamentos, la corte, los maestros de diversos oficio y todos los que vieron disminuidos sus privilegios, se pusieron en contra suya. A pesar del apoyo del monarca, Turgot fue destituido en mayo de 1777.

Jacobo Necker, rico banquero fue el sucesor de Turgot. Su receta para conseguir dinero fue recurrir a los préstamos públicos contratados por el Estado. Sin embargo, al publicar el presupuesto estatal no daba datos reales. A pesar de lo anterior, el informe de Necker permitió a la gente tener una idea de lo que se gastaba en la corte, lo cual antes no se había hecho público. Así se ganó la simpatía de muchos sectores, pero también la furia de la reina y sus amigos. Con tan poderosos oponentes, Necker no pudo seguir adelante y se retiró en 1783.

Posteriormente María Antonieta hizo valer sus influencias ante el rey y logró el nombramiento de Carlos Alejandro de Calonne como inspector general, quien corrió una suerte similar a su antecesor. Su cargo paso a manos de Loménie de Brienne.

La defensa de los privilegios

Ante un panorama financiero de lo más desastroso, Brienne no tuvo otro remedio que pedir más préstamos. Pero eso no bastaba. Retomó entonces la idea de establecer un impuesto sobre las tierras, sin ninguna excepción. Esta vez la posición del Parlamento fue fiera. Como este tribunal debía registrar los edictos, utilizó esta facultad como un arma de batalla. Exigió que se le mostrase el estado de las cuentas.

El rey se negó y, a partir de entonces, esta verdadera “guerra fría” fue cobrando proporciones cada vez mayores. El Parlamento de París comenzó a bombardear con diversos planteamientos: pidió que, antes que se implantase ningún impuesto nuevo, la nación se reuniese en asamblea.

También afirmó tajantemente que “sólo la nación tiene derecho a conseguir subsidios”, y sostuvo que “los impuestos deben ser consentidos por los que han de soportarlos”.

Esta posición del Parlamento no pretendía defender los derechos del pueblo o de los pobres, sino los privilegios de las clases acomodadas, como los nobles. Claro que toda la gente se vio involucrada en este clima de agitación. En París se respiraba un aire cargado de tensiones; se quemaban en la calle efigies de los ministros, y los consejeros de María Antonieta le hicieron notar que haría bien en no aparecer por la capital.

La batalla entre el gobierno y el Parlamento continuaba. El rey impuso su voluntad y obligó a registrar sus edictos. Acto seguido, el Parlamento los anuló. En fin, la propia autoridad del monarca estaba quedando por el suelo, aún cuando éste lograra salirse con la suya declarando que los registros eran legales “porque yo así lo quiero”.

La lucha pasó de las palabras a los hechos y varios miembros del Parlamento fueron detenidos. Las protestas arreciaron . Ya no se trataba sólo de asuntos monetarios, sino de la defensa de la libertad individual. En medio de estas pugnas, la bancarrota se hizo inminente. La única posibilidad de evitarla era convocar a los Estados Generales, para dar un corte a las disputas.

Los Estados Generales

Los Estados Generales eran una asamblea, compuesta por tres órdenes separados: el clero, la nobleza y el grupo formado por burguesía y campesinado. Este último orden se conoce como el tercer estado, término que usaremos para referirnos a él en lo sucesivo. Dicha asamblea se había citado por última vez en 1614 y el dramatismo de la situación obligó al gobierno a convocarla nuevamente.

Necker fue llamado una vez más a hacerse cargo de la situación hasta que se reuniesen los Estados Generales. Comenzó por donar una cuantiosa tajada de su fortuna personal a las arcas de la monarquía, lo que naturalmente fue recibido con aplausos. Pero el economista no era mago y tratar de reflotar las finanzas en ese momento era prácticamente una misión imposible.

Pero el tema que acaparaba la atención de toda la población era la convocatoria a los Estados Generales. En torno a este asunto también hubo polémica: fue necesario fijar el número de los representantes de cada grupo y se decidió que el tercer estado tendría tantos delegados como las otras dos órdenes juntas (el clero y la nobleza).

En realidad el gobierno, cuyos intereses chocaban contra los de los privilegiados por la cuestión de los impuestos, creyó encontrar respaldo en el pueblo. La idea era afianzar “la alianza natural del trono y el pueblo contra las aristocracias, cuyo poder no podría establecerse sino sobre la ruina de la autoridad real”.

Reclamos y peticiones

De acuerdo a la tradición, cada orden debía plantear sus reclamos y proposiciones en cuadernos. En todos ellos dejaron constancia de su respaldo al rey, al que en ese entonces nadie soñaba en derribar del trono. Esto, independientemente de las quejas formuladas, que superaban con mucho la materia tributaria.

Los miembros del tercer estado, pedían por ejemplo, cosas que hoy pueden parecer bastante pintorescas. Un pueblo exigía su derecho a tener fusiles para cazar a los lobos y reclamaba contra una serie de privilegios feudales que estaban vigentes. Los señores poseían el derecho de caza, el control sobre los caminos y podían mantener palomares que incomodaban mucho a los campesinos, ya que las aves se alimentaban de los granos que ellos usaban para la siembra.

La Toma de la Bastilla

No obstante su explícito respeto al rey, muchos cuadernos planteaban el deseo de que se formulase una Constitución para el país. La primera sesión de los Estados Generales se realizó el 5 de mayo de 1789, en Versalles. El rey había elegido este lugar sin considerar que el lujo de la corte podía irritar los ánimos de los representantes del tercer estado. En la reunión inaugural, el monarca tomó la palabra señalando a los presentes que su ocupación esencial sería hacer las reformas financieras.

En el fondo, su discurso dejó claro que él no quería oír nada acerca de la Constitución. Desde ese momento se pudo advertir que el pueblo y el monarca no serían compañeros de equipo. Otro punto que provocó desacuerdo se refería a la forma en que se celebrarían las sesiones.(En la imagen: la Toma de la Bastilla, fortaleza utilizada como prisión, fue el hecho que inauguró el periodo de violencia de la Revolución Francesa)

El monarca y la nobleza deseaban que cada orden se reuniese por separado. El tercer estado, en cambio, quería que todos formasen una asamblea única, en la que se adoptaran las resoluciones con voto individual.

La Asamblea Nacional

Cuando el rey se retiró de la reunión inaugural, fue despedido con aplausos que no reflejaban aprobación sino más bien simple cortesía. Al término de la reunión, el tercer estado se congregó por su cuenta, resolviendo no aceptar las deliberaciones de cada orden por separado. Más tarde, el tercer estado invitó a la nobleza y al clero a sumarse a esta iniciativa. Algunos miembros del clero acogieron este llamado, y el 17 de junio, el tercer estado, acompañado de unos 15 sacerdotes, se autodeclaró Asamblea Nacional.

La nobleza y los obispos, en su mayoría, solicitaron al rey que impusiera su autoridad para impedirles salirse con la suya. Como primera medida, se clausuró la sala en que el grupo realizaba sus reuniones. Pero eso no resultó ser un obstáculo serio, ya que la Asamblea simplemente se cambió de local y sesionó en un lugar utilizado para juego de pelota. Allí, el 20 de junio, estos delegados jugaron no separarse “hasta que la Constitución del reino fuera establecida sobre firmes fundamentos”. Tres días más tarde se presentó el rey, ordenando que volviesen a sesionar por grupos separados y les negó el derecho a legislar. El monarca dio por terminada la sesión, pero los partidarios de la Asamblea no se movieron del lugar. El conde de Mirabeau, que pese a su título mobiliario era representante del tercer estado, señaló que sólo abandonarían el lugar por la fuerza de las bayonetas. El rey no se atrevió a usar la violencia y, a regañadientes, los dejó quedarse.

A medida que pasaban los días, más y más miembros del clero e incluso de la nobleza abandonaban sus posturas iniciales para sumarse a la Asamblea Nacional, que más tarde tomó el título de Asamblea Constituyente. Siguiendo el viejo lema de “si no puedes ir en contra únete a ellos”, el rey terminó por ordenar a todos los representantes tomar parte en la Asamblea.

El pueblo en armas

A pesar de haber dado su autorización, el rey, naturalmente, no estaba de acuerdo con la situación que se estaba viviendo. Tampoco lo estaban algunos nobles. El ambiente era tan tenso que se emplazaron tropas armadas en las afueras de París y de Versalles. La gota que colmó el vaso fue la destitución de Necke. El pueblo entero manifestó su descontento y se proclamó a favor de la Asamblea Constituyente. Esto no quedó en meras declaraciones. La multitud se sublevó y saqueó varias tiendas de armas.

Uno de los primeros objetivos de las enfurecida turba en París fue la Bastilla, una fortaleza que servía de prisión y que simbolizaba para muchos la arbitrariedad del régimen. Cientos de hombres armados se dirigieron a ese lugar, el 14 de julio de 1789, exigiendo su rendición.

En un comienzo se intentó negociar, pero luego los amotinados fueron atacados. Se inició de esa forma una batalla sangrienta que terminó con la caída de la fortaleza. El gobernador de la Bastilla, De Launey, murió degollado y su cabeza fue llevada por las calles sobre la punta de una lanza. El mismo día en que estos hechos ensangrentaban París, el rey había salido de cacería. El día 15 le comunicaron la noticia. Sin llegar a comprender la magnitud real de lo sucedido, el soberano preguntó: “¿Se trata de una revuelta?”. La respuesta fue lapidaria: “No majestad, es una revolución”.

Fin de privilegios

La Toma de la Bastilla hizo que todo París se convirtiera en un campo de batalla. En las calles y plazas se levantaron barricadas. La Fayette fue proclamado comandante de la Guardia Nacional, y Jean Sylvain Bailly, un astrónomo, alcalde de la ciudad.

La Asamblea Nacional seguía angustiada por las tropas que la rodeaban, pero el rey las hizo retirar. El 17 de julio, Luis XVI llegó a París y aceptó de manos de Baily, la escarapela tricolor (azul y rojo, colores de la ciudad, y blanco como color de los Borbones), símbolo de la revolución.

Abolición de privilegios

En la Asamblea Nacional donde llegaron noticias terribles de provincias, para tranquilizar los espíritus pareció indispensable abolir el sistema feudal que, de hecho, ya estaba aniquilado. El 4 de agosto la Asamblea abolió los privilegios de la nobleza. La lista de acuerdos comprendía: la eliminación de servidumbre, de los derechos de caza, de palomar y de conejera, la admisión de los ciudadanos a todos los cargos civiles y militares, la gratuidad de la justicia y la prohibición de comerciar con los cargos.

Los acuerdos tomados interrumpieron los debates de un tema que interesaba principalmente a La Fayette. Era la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano,(en la imagen) que había de constituir la introducción teórica a la Constitución Futura, y cuyas ideas principales, tomó éste de la Constitución de algunos de los estados norteamericanos recién independizados.

París retiene al rey

Adoptado los derechos del hombre el 27 de agosto, la Asamblea, llamada ahora Constituyente, pasó a redactar la Constitución. Pero su discusión no impedía que, de tiempo en tiempo, fuese reclamada por las duras necesidades de la realidad y hubiese de ocuparse de la amenazadora banca rota. El paro de industrias y del comercio aumentó el número de hambrientos y vagabundos. La elevación del precio de los granos, a consecuencia de malas cosechas y peores sistemas de distribución, obligó a comprar trigos a precios muy altos.

En las masas de la capital, el miedo al hambre colectiva uniese con la idea de que se debía traer al rey a París, para hacerle saber los deseos del pueblo. Pero, sobre todo, la capital sintió gran indignación cuando supo que el rey y la reina se había presentado en un banquete en el cual la bandera tricolor había sido insultada. Jean Paul Marat, médico enfermo, desilusionado y fanático, llamó a los pobres al combate.

Por la mañana del 5 de octubre de 1789, grandes masas humanas de ambos sexos se dirigieron a Versalles para llevar al rey a París.

El pueblo rodeó el palacio, donde nadie se atrevía a resolverse por la huída. El rey despidió con buenas palabras a la comisión de mujeres que pedía pan blanco. Eso sí, no recibieron una respuesta tan comprensiva de la reina María Antonieta, quien al saber el hambre de pan que había, contestó: “Que coman tortas, pues”.

El rey regresa a París

En esta misma oportunidad, el rey aprobó los derechos del hombre. Pero delante del palacio había disturbios y peleas con los guardias. La situación se hacía cada vez más peligrosa. Finalmente, a la caída de la tarde, se presentó La Fayette con 20 mil hombres de la Guardia Nacional, y pidió al rey, entre otras cosas, que tomase el palacio de las Tullerías, en París, por residencia habitual y que mandase que el servicio de éste fuese desempeñado por las Guardias Nacionales. Puso centinelas en las puertas del palacio y a medianoche se fue a acostar. Al amanecer del 6 de octubre, una masa de plebe penetró en el palacio por una puerta que no estaba guardada, y mató a varios centinelas de la Guardia Real. La reina, medio desnuda, y cuya cabeza pedía la multitud, huyó a las habitaciones del rey.

Ambos fueron salvados por La Fayette, a quien sacaron apresuradamente de su sueño. Desde el balcón, el rey prometió trasladarse a París. Por la tarde emprendió el triste camino hacia la capital con su familia y acompañado de una salvaje multitud a cuya vanguardia iban las cabezas cortadas de los infieles guardias asesinados. Así, Luis XVI pasó a ser prisionero de París.

Entretanto, la Asamblea Constituyente seguía redactando la nueva Constitución. Sus trabajos fueron interrumpidos con la celebración del primer aniversario de la Toma de Bastilla. De toda Francia acudieron comisiones a la fiesta.

El inmoral, cojo, joven, alegre y flexible obispo Carlos Mauricio de Talleyrand bendijo las banderas de la Guardia Nacional, y La Fayette, nombrado comandante supremo de esta arma para todo el reino, se adelantó el primero al altar de la patria, para jurar fidelidad a la nación, a la ley y al monarca.

Luis XVI trata de escapar

Si se considera en conjunto la Constitución elaborada por la Asamblea Constituyente, hay que reconocer que tuvo enorme importancia histórica. En muchos de sus puntos sirvió de modelo para las transformaciones posteriores de los estados absolutos y feudales en estados modernos de derecho.

La Constitución abolió todas las diferencias entre los ciudadanos (títulos, armas, escudos, nobleza) pero encerraba contradicciones: toda su base era republicana, mientras que en la cúspide conservaba un monarca hereditario. En verdad, al rey le quedaba una función puramente decorativa, puesto que carecía de todo influjo en el nombramiento de las autoridades, elegidas por el pueblo. Una caricatura de la época lo representaba con una simple máquina de aprobar.

Extraordinaria influencia para excitar las pasiones tuvieron en París y también en el campo los volantes impresos y las discusiones de los clubes. La completa libertad de prensa permitió al Marat estim ular los peores instintos de la plebe a sus periódicos sobre todo en el “Amigo del Pueblo”. Entre los clubes tuvieron importancia preponderante el de los cordeleros, establecido en un convento de franciscanos, y el de los jacobinos, llamado así por el local en que celebra sus sesiones, un convento jacobino (nombre dado en París a los frailes dominicanos). En aquél, el principal orador era el gigantesco y cínico Georges Jacques Dantón, abogado. En éste, el virtuoso y orgulloso Maximiliano Robespierre, miembro de la Asamblea Constituyente.

En medio de esta situación anárquica, Mirabeau intentó dominar la Revolución con un gobierno fuerte. Para ello, planeó sacar al rey de su permanencia forzada en París y trasladarlo a una provincia segura desde donde pudiera convocar a una nueva Asamblea que revisara los artículos de la Constitución referente al poder ejecutivo. Pero los medios que quería poner en práctica para realizar estos propósitos -actuación sobre la opinión pública por medio de una oficina secreta de prensa y una policía secreta, soborno, incitación a sublevaciones, provocación de guerra civil en perjuicio de la Asamblea Constituyente- eran armas de doble filo. Mirabeau no pudo llevar a cabo sus planes, porque falleció en abril de 1791, justo a tiempo para conservar su popularidad.

Huída de los reyes

Luego de su muerte, los reyes fueron inclinándose cada vez más hacia el plan de huída de Mirabeau, pues vivían bajo una presión insostenible. En la noche el 20 de junio de 1791 se llevó a cabo la fuga de la familia real, pero la empresa fracasó. El rey, vestido de criado, fue descubierto y tuvo que volver a París en medio del repique de campanas, junto a una multitud que lo insultaba y bajo la vigilancia de la Guardia Nacional.

Ante esto, la Asamblea Constituyente se hizo cargo del poder ejecutivo y ordenó a los ministros que ejecutaran sus decretos sin sanción o aprobación del rey. Además, dio a conocer a las potencias extranjeras que había asumido el gobierno.

Pese a esto, no existía animadversión hacia la monarquía o deseo de abolirla. Tanto es así que, después de su fuga, el rey fue repuesto con todos sus derechos. Pero fuera de la Asamblea, la opinión republicana iba teniendo cada vez más adeptos.

El 28 de septiembre de 1791 la Constitución elaborada por la Asamblea Nacional, transformada luego en una Asamblea Constituyente, quedó definitivamente redactada y fue propuesta al rey para su aceptación. El 14 de ese mes, el rey le prestó el juramento prescrito, pero lo hizo muy a regañadientes y con el propósito de procurar su reforma y buscar el apoyo de las potencias extranjeras.

El 28 de septiembre de 1791 la Asamblea Constituyente se disolvió y fue sustituida por la Asamblea Legislativa. Antes de hacerlo, tomó dos importantes acuerdos: decretó una amnistía general y decidió que ninguno de sus miembros pudiera postular a la Asamblea Legislativa.

Izquierdas y derechas

La Asamblea Legislativa se reunió teniendo en su seno personas inexpertas en los negocios públicos. Pronto éstos se dividieron en diferentes partidos. En la derecha tomaron asiento los partidarios incondicionales de la Constitución de 1791, apoyados principalmente por el club de los Feuillants (grupo moderado desprendido de los jacobinos) y por la clase media burguesa. En los bancos de la izquierda tomaron asiento los miembros del club de los cordeleros y de los jacobinos, que representaban a la masa de la capital. Esta izquierda comprendía un pequeño grupo de fanáticos, que se sentaba en los bancos de arriba, y por esto fue llamado la montaña.

Después venía el grupo más importante, los girondinos, cuyo nombre se explica porque sus principales líderes procedían de la región de Gironda. En el centro se encontraban los llamados independientes. De esta división de la Asamblea Legislativa de la época de la revolución francesa deriva la costumbre de clasificar a los partidos políticos en izquierda y derecha.

Peticiones de guerra

La principal preocupación de la Legislativa fue la guerra contra las potencias extranjeras, que se veía como algo inminente. Los principales impulsores de ésta eran los partidarios de la gironda, que lo veían como un medio de consolidar su posición al interior del país.

Por entonces empezó a circular la expresión de sans-culottes (sin calzón), que alude a la costumbre de los revolucionarios de usar pantalones en vez de calzones cortos que llevaban los partidarios del antiguo régimen. También en esa época fue aceptado como símbolo de la libertad el gorro frigio, de color rojo, que primitivamente usaban los presidarios.

El 20 de abril de 1792, con siete votos en contra, fue aprobada la declaración de guerra contra Austria. Así comenzó la gran lucha entre las potencias mundiales, guerra que con breves interrupciones había de durar más de dos decenios.

La Comuna revolucionaria

El 9 de junio de 1792 se acordó celebrar un nuevo aniversario de la Toma de la Bastilla, convocando a París a más de 20 mil hombres procedentes de todos los puntos del país. Así, la gironda proponíase entrar en posición de una forma defensiva que pudiera servir a sus propósitos.

Los girondinos ardían en deseos de acrecentar su fuerza. Llamaron, pues, en su ayuda, al proletariado de los barrios bajos, tras los cuales estaba Dantón.

Una manifestación se preparó para el 20 de junio, aniversario del juramento del juego de pelota. Ese día se pusieron en marcha ochos mil proletarios armados, sin que nada pudiera hacerse para detenerlos. A los manifestantes se les unió una gran masa humana. Entraron al salón de sesiones de la Legislativa, desfilando por la sala al redoble del tambor. La muchedumbre se dirigió luego a las Tullerías y en pocos momentos penetró en el interior del palacio. El rey quedó tan sorprendido que dejó abierta la puerta de su habitación. Acosado con pocos fieles sobre el arco de un balcón, amenazado de picas y sables, se mantuvo firme durante horas y horas, rechazando con dignidad el griterío de los atacantes. Cuando se hubo puesto el gorro rojo revolucionario, que algunas manos le alargaron, y hubo bebido un vaso de vino a la salud del pueblo, pareció cambiar el ánimo de los asaltantes, que se dispersaron al llegar la noche.

Reacción de la Burguesía

Entre la clase media burguesa, estos sucesos habían provocado una emoción de vergüenza. Despertando dormidos sentimientos monárquicos. Se intentó impedir que llegaran a París los 20 mil convocados para celebrar el aniversario de la Toma de la Bastilla, pero el rey, atemorizado, la aprobó. Su única esperanza de salvación eran las potencias extranjeras. Pero éstas actuaban con poca inteligencia, y el 26 de julio emitieron una declaración que causó profunda irritación en Francia, porque responsabilizaba a los revolucionarios de cualquier daño que sufriera la familia real. Se pidió declarar la “patria en peligro” y se empezó a hablar abiertamente de la destitución del rey y de la supresión de la monarquía.

Avance de Dantón

La celebración del aniversario de la Toma de la Bastilla permitió a Dantón avanzar en sus propósitos subversivos. Se produjo la unión entre los llegados de provincia y el pueblo bajo de París, creándose comités al margen de la ley. Entre los llegados de provincia representaba un papel principal el batallón de los marselleses. Su cántico guerrero era un himno que poco antes había compuesto Rouget de Lisle, y que se conoció con el nombre de La Marsellesa. Hoy es el himno nacional francés.

El 9 de agosto de 1792, mientras la Legislativa aplazaba su discusión sobre si deponía o no al rey , una turba asaltó las Tullerías. En el Ayuntamiento se instalaron, junto al Consejo Municipal, comisarios de 28 secciones en que se había dividido París. Ante él compareció el comandante de la Guardia Nacional, Mandat, encargado de defender el palacio que había reemplazado a La Fayette en ese cargo. Los comisarios de las secciones le mandaron arrestar y después de su asesinato, ocurrido en la escalera misma del Ayuntamiento, se constituyeron en Comuna Revolucionaria, reemplazando al Consejo Municipal , sobre todo en sus funciones policiales. La defensa de la Tullerías quedó reducida a cero y el rey decidió colocarse bajo la protección de la Asamblea Legislativa. Venció la resistencia de María Antonieta, y entre los gritos insultantes de la plebe amontonada en las terrazas del río Sena, condujo a la familia real al salón de sesiones de la Legislativa. El presidente de ésta le aseguró que la Asamblea mantendría y defendería “los derechos del pueblo y las autoridades constituidas”. Y señaló al rey y a los suyos, como lugar de estancia, la tribuna de los taquígrafos, defendida por una reja. Allí, durante muchas horas, el rey fue testigo presencial de la caída de la monarquía.

Asalto a las Tullerías

Las Tullerías quedaron defendidas por un reducido número de nobles y un regimiento de la Guardia Suiza. Las turbas los asaltaron y sólo se salvaron algunos que penetraron en el salón de sesiones de la Legislativa. El palacio, indefenso ya, fue desbordado por los furiosos parisinos. Casi toda la guarnición masculina fue asesinada.

La Asamblea, limitada a las izquierdas, por ausencias de las derechas y del centro, decretó no la deposición, pero sí la “suspensión provisional del jefe del poder ejecutivo” (el rey), hasta que una Convención Nacional se pronunciara sobre las medidas necesarias “para asegurar la soberanía del pueblo y el imperio de la libertad y la igualdad”.

Un segundo decreto determinaba que el rey y su familia permanecerían como rehenes bajo la protección de la ley en una residencia que les sería asignada. Seguidamente la Asamblea nombró un Consejo Ejecutivo Provisional, del que formó parte Dantón en una posición preeminente. Tras él estaba la fracción extrema, que no retrocedía ante ningún hecho sangriento.

Presa la familia real

Entretanto, la Comuna amenazaba con suplantar de hecho a la Legislativa y al gobierno por ella nombrado. Las autoridades revolucionarias, que se reunían en el Ayuntamiento, en vez de limitarse a los asuntos de la ciudad, se esforzaban por asumir las riendas del mando supremo. Consiguieron que les fuera entregada la familia real para encerrarla en el Temple, antigua sede de la Orden de los Templarios. Obtuvieron la institución de un primer tribunal revolucionario que, sin sujeción a procedimientos jurídicos regulares, pudiera castigar los “crímenes monárquicos”. Aniquilaron todos los signos y monumentos de la monarquía, suprimieron los periódicos de esta tendencia, hicieron encarcelar a sacerdotes y a nobles por Comités de Vigilancia. La Asamblea se hallaba en oposición a la Comuna, que se burlaba de todo intento hecho para disolverla.

Caos en París

El peligro extranjero fue usado como pretexto para acabar con los presuntos enemigos del interior. Dantón consiguió plenos poderes de la Asamblea para mandar hacer investigaciones nocturnas en las casas, confiscar todas las armas y poner presos a todos los sospechosos. Poco después se inició la persecución entre los mismos revolucionarios. Durante varios días y noches se llevaron a cabo matanzas en masa, en medio de las calles y en las prisiones, por una plebe sedienta de sangre y afanosa de robo.

Cuando la Asamblea pudo salir de la embriaguez en la cual había estado sumida al permitir las sangrientas escenas, puso pena de prisión a toda violación de domicilio y detención arbitrarias. Luego de estas resoluciones, dio término a su misión y fue reemplazada, el 20 de septiembre de 1792, por la Convención.

Muerte de Luis XVI

Si los demagogos de la Comuna Revolucionaria creían haberse asegurado la mayoría en la Convención mediante las matanzas de septiembre, se equivocaron. En París lograron hacer elegir a Robespierre, Marat, Dantón y otros, pero en provincias los votos favorecieron a los enemigos del régimen terrorista de la comuna, sobre todo a los girondinos.

A fines de 1792 comenzó el proceso de Convención contra Luis XVI, quien fue juzgado y condenado a la guillotina por mayoría de votos. El 21 de enero de 1793, Luis subió al cadalso, inconmovible hasta el último momento en el sentimiento de su inocencia.

La noticia de la muerte del rey produjo indignación en Inglaterra, la que despidió al embajador o representante francés. Francia contestó declarando la guerra a Inglaterra y a Holanda, su aliada. Luego hizo lo mismo con España, Rusia, Cerdeña, Nápoles, Portugal y el Imperio Alemán, lo que acarreó a Francia una serie de derrotas militares.

Apretada por la masa de sus enemigos externos, Francia se veía amenazada en el interior por una terrible guerra civil, que enfrentaba a los girondinos y la montaña. Los primeros fueron derrotados.

Asesinato de Marat

La caída de la gironda produjo, por primera vez en la historia de la revolución, un levantamiento de las provincias contra la capital, conocido con el nombre de federalismo. La clase media urbana salió de su sopor. Produjéronse protestas fogosas contra la violencia.

Los comisarios de la Convención fueron encarcelados y todo el mundo se preparó a la lucha de las armas contra los poderosos de la capital. Al más odiado, Marat, lo mató el 3 de junio de 1793 una revolucionaria llamada Carlota Corday, mientras se bañaba.

Ascenso de Robespierre

Maximilien de Robespierre fue una de las figuras más polémicas de la Revolución Francesa. Protagonista del denominado Reinado del Terror, durante el que fueron guillotinados miles de ciudadanos, finalmente él también fue ejecutado.

Frente a esta amenaza a la unidad de la república, la Convención desenvolvió una energía terrorista sin igual, no deteniéndose ante ningún límite. El fin principal de su convocatoria había sido el establecimiento de una nueva constitución, así que el 24 de junio de 1793 promulgó una, pero apenas fue confirmada y promulgada cuando quedó en suspenso para dejar el campo libre a una “gobierno provisional revolucionario hasta la paz”. El órgano principal de este gobierno fue el Comité de Salud Pública, al que se incorporó Robespierre. Un Tribunal Revolucionario constituyó en complemento de la maquinaria gubernamental.

Bajo el dominio del terror

Y sobrevino el terror. La guillotina aceleró la carnicería con la simplicidad de su mecanismo. Había sido creada por el médico José Ignacio Guillotín, como una forma piadosa de ejecutar a los condenados. El debía ser una de sus víctimas. Hubo alrededor de 2.800 guillotinados en París y 14.000 en provincias. El Tribunal Revolucionario sesionó sin respiro durante 14 meses. La cabezas caían con sangrienta monotonía. Así pereció María Antonieta, llamada en las actas la viuda Capeto, su cuñada Isabel y Felipe Igualdad, que así se hacía llamar el duque de Orleáns, primo del rey.

Pero el terror fue una vorágine que consumió a sus propios creadores. Aniquilados los girondinos y derrotado el federalismo, formáronse dos grupos que amenazaban adoptar una posición independiente frente al Comité de Salud Pública dirigido por Robespierre.

Uno de esos grupos apoyaba a Dantón en la Convención y quería dulcificar un tanto el dominio del terror. Su órgano de prensa era El Viejo Cordelero, dirigido por Camilo Desmoulins.

Los dantonistas cayeron porque su defensa de la moderación hería personalmente a Robespierre. Este hizo detener a Dantón en la noche del 30 al 31 de marzo de 1894, junto al Desmoulins y otros amigos, juzgándolo sumariamente y condenándolo. “Una correa es bastante – exclamó Dantón cuando era conducido a la guillotina-. Preparad la otra para Robespierre”.

Caída de Robespierre

Desaparecido Dantón, quedaba Robespierre dueño del campo. En el comité le ayudaba su discípulo, Luis de Saint-Just, muy superior a él en entusiasmo y actividad. La dictadura de Robespierre trajo un aumento de terror, cosa que casi parecía imposible. La guillotina trabajaba sin descanso, tomando a sus víctimas sin distinción de sexo clase ni mérito. Todos los días caían en París de 40 a 50 personas bajo su cuchilla.

Entre tanto, se preparaba la caída de Robespierre. En el Comité de Salud Pública uniéronse en su contra. El 27 de julio de 1894 se presentó en la Convención y fue recibido con los gritos de “el tirano”. Tres veces intentó dominar la tormenta, asiéndose, nervioso a la tribuna. Pero su voz no pudo dominar el tumulto. “Te ahoga la sangre de Dantón”, le gritaron. La Convención, en forma unánime, presentó acusaciones en contra suya y de Saint-Just. Ambos se refugiaron en el Ayuntamiento, donde fueron detenidos.

Los guillotinadores fueron guillotinados. Cayó la cabeza de Robespierre mientras la multitud gritaba: “Abajo el tirano y viva la república”. En los días siguientes fueron a la guillotina 92 partidarios y secuaces del tirano, miembros de la Comuna, jueces y jurados del Tribunal Revolucionario.

Publicado en: SocioHistóricas