Absolutismo en Francia

Absolutismo , sistema político en el que se confiere todo el poder a un solo individuo o a un grupo. Hoy el término se asocia casi en exclusiva con el gobierno de un dictador. Se considera el polo opuesto al gobierno constitucional de sistemas democráticos. El absolutismo se diferencia de éstos en el poder ilimitado que reivindica el autócrata, en contraste con las limitaciones constitucionales impuestas a los jefes de Estado de los países democráticos.

Enrique IV, fundador de la dinastía de los Borbones en Francia, fue asesinado el 14 de mayo de 1610 por un fraile fanático llamado Ravaillac. Este acto provocó una serie de trastornos internos a la monarquía, ya que su hijo y sucesor, Luis XIII, contaba en ese entonces con sólo nueve años de edad.

María de Médici, su madre, asumió la regencia del reino, tarea que no desempeñó con éxito, ya que carecía de talento y se dejaba dominar fácilmente. Leonora Galigai, camarera de María, y su marido, el italiano Concino Concini, se aprovecharon de la debilidad de la reina, y Concini gobernó a su antojo hasta el momento en que los príncipes de la sangre (parientes del rey) se le opusieron. Para acallarlos, Concini compró su sumisión, pagándoles enormes sumas de dinero que reducían el tesoro real.

Luis XIII, a los diecisiete años, cansado de la tutela de Concini lo mandó matar, alejó a la reina madre y dio el poder a su halconero favorito, un hidalgo pobre llamado Alberto de Luynes. Pero este cambio no hizo sino empeorar las cosas. Luynes era otro hombre más, ávido de dinero y honores. Los trastornos y los desórdenes continuaron para finalizar en una revuelta de los protestantes, donde murió su nuevo favorito.

El cardenal Richelieu

Armand Jean du Plessis, cardenal de Richelieu (1585-1642), cardenal y político francés, que fomentó más que ningún otro el absolutismo en Francia y sentó las bases de la grandeza del siglo XVII francés.

Después de dos años de intrigas, en 1624, el cardenal Richelieu, que había sido hasta entonces el hombre de confianza de la reina madre, desempeñándose como secretario de estado, consiguió formar parte del Consejo del rey. Gracias a su habilidad, bien pronto fue nombrado jefe de éste, o ministro director, cargo que desempeñó hasta su muerte, a pesar de la oposición de todos los demás miembros. Luis XIII nunca lo quiso, pero reconoció su valor y capacidad, razón por la que lo mantuvo siempre a su lado.

Armand Jean du Plessis, cardenal Richelieu, era un hombre de carácter violento, brutal, autoritario, duro de corazón e inaccesible a la piedad. Pero su pensamiento político era claro y su abnegación por el trono era absoluta. Para él, el rey era la imagen viva de la divinidad y la majestad real era la segunda después de la divina. La obra que Richelieu se puede resumir en tres aspectos. Arruinar a los hugonotes, es decir, a los protestantes; conseguir la humillación y sumisión de la nobleza y, por último, restablecer el poder exterior de Francia.

La ruina del partido protestante

Richelieu decidió destruir todo lo que se opusiera a la autoridad real y el partido de los hugonotes era uno de ésos. Tenían una organización política y militar considerada como un estado dentro de otro estado, y esto desagradaba al Ministro Director.

El centro de los rebeldes era el puerto de la Rochela y hacia allá se dirigió para bloquear la plaza. Lo sitió durante catorce meses y, al final, los protestantes debieron rendirse a causa del hambre. Richelieu, con el edicto conocido como Gracia de Alais, quitó a los protestantes todos sus derechos políticos, pero les garantizó la libertad de culto y la igualdad absoluta con los católicos.

La lucha contra los grandes o nobles duró hasta la víspera de la muerte de Richelieu. Hizo frente a conspiraciones y no titubeó en mandar asesinar a quien se opusiera a sus reglas sobre el estado, fueran éstos parientes o no del rey. Incluso la misma reina madre, María de Médici, fue obligada a marchar al extranjero en 1630, donde murió 12 años más tarde, absolutamente pobre.

Pablo de Gondi, cardenal de Retz, contemporáneo de Richelieu, escribió de él que era tan violento y terrible, que había fulminado en vez de haber gobernado a los hombres. Pero si este gobierno de Richelieu fue duro para los nobles, para el pueblo fue peor. Los impuestos llegaron a ser insoportables a consecuencia de las continuas guerras.

Las revueltas de protesta fueron sofocadas con gran violencia. Por estas razones, Richelieu murió odiado por todos. Posteriormente se reconoció que gracias a su política, los franceses habían ganado en el extranjero las provincias de Rosellón, el Artois y la Alsacia. A raíz de esto recibió en nombre de “el Gran Cardenal”. Richelieu murió en 1642 y a los pocos meses murió Luis XIII, dejando como su sucesor a un niño menor de cinco años.

Francia en manos de Mazarino

Luis XIV, hijo y sucesor de Luis XIII, también tuvo de regenta a su madre Ana de Austria. Dos días después de la muerte del rey, la regenta designaba como jefe del Consejo al cardenal Mazarino, principal agente de Richelieu.

Julio Mazarino era un italiano de humilde nacimiento; sus enemigos le llamaban el ruin de Sicilia. Era absolutamente diferente a Richelieu. Sencillo en sus costumbres, recibía a todo el que quería ir a hablarle. Dicen que era amable y benigno, y que saludaba a todo el mundo. No era vengativo ni violento y jamás pensó en condenar a muerte a sus adversarios. Tenía el genio de los negocios diplomáticos y terminó todas las empresas iniciadas por Richelieu.

Pero Mazarino no era hombre de estado. No entendía nada sobre el gobierno interior ni nada de hacienda, excepto la que tenía que ver con él, pues era avaro y ambicioso y, según descripción de la época, un “desvergonzado ladrón”.

La Fronda

Mazarino continuó con la política de aplicar impuestos y las malversaciones de los encargados de la hacienda pública fueron la gota de agua que colmó la paciencia de los nobles. Comenzó una nueva revuelta, llamada la Fronda, el último ensayo de resistencia contra el absolutismo real. Se le dio este nombre por un juego que practicaban en ese tiempo los niños de París en los fosos de la ciudad, lanzándose piedras con una honda. (En el idioma francés, la palabra honda se escribe fronde). Para los franceses, la Fronda no fue más que una loca aventura. La rebelión partió del Parlamento de París, con una declaración en que no aceptaban el establecimiento de ningún otro impuesto sin su consentimiento, ni que se tuviera en prisión a ningún súbdito del rey por más de 24 horas, tiempo en que debía ser interrogado y enviado a los jueces.

Las pretensiones del Parlamento provocaron una guerra civil, en la que éste contó con el apoyo del bajo pueblo de París y con los príncipes que odiaban a Mazarino. Esta lucha no duró más de tres meses y no dio ningún resultado. Pero en 1650, cuando Luis II de Borbón, príncipe de Condé, fue arrestado, empezó una nueva Fronda que duró más de dos años. El príncipe de Condé fue detenido por orden de Ana de Austria, quien se cansó de las insolencias del príncipe, de su deseo de poder y de sus anhelos de suplantar en el cargo al cardenal Mazarino. Las provincias de Borgoña y Guyena se alzaron ante esta medida y los ciudadanos de París se armaron; el Parlamento a su vez, pidió el destierro de Mazarino.

El cardenal fingió ceder, dejó en libertad a Condé, él se refugió en Alemania y el rey en Saint Germain. Pero, a la larga, la arrogancia de Condé exasperó a los parisinos y éste prefirió dejar París, lo que sólo fue una artimaña.

Regresó y con su ejército atravesó Francia y estuvo apunto de apoderarse de la corte y de Mazarino. Los dos ejércitos se enfrentaron cerca de París y el príncipe de apoderó de la capital. Actuó en ella como un verdadero déspota y asesinó, matando a todo aquel que creía partidario de Mazarino. Este proceder nuevamente irritó a los parisinos e instó a la reina a que regresaran a la ciudad. Mazarino para no entorpecer este encuentro, no regresó con ellos sino que lo hizo tres meses después, cuando ya los problemas habían decantado. Condé había sido repudiado por todos. Así se restablecía el poder real y se aseguraba el triunfo del absolutismo que propiciaba Luis XIV.

El rey sol

Al día siguiente de la muerte de Mazarino, ocurrida en 1661, Luis XIV reunió a los secretarios de Estado y les dijo: “Hasta ahora me ha parecido bien dejar gobernar mis asuntos; en adelante, yo seré mi primer ministro. Os ruego y os ordeno no disponer nada sin mis órdenes, ni firmar jamás sin mi consentimiento”. Y durante 55 años, la voluntad que manifestó el primer día no se desmintió jamás. El fue su primer ministro y el rey.

Las ideas de Luis XIV

Luis XIV poseía pocas ideas personales, pero desde su infancia tenía profundamente arraigada la idea de que era una divinidad visible, un semi-dios. Creía que era el rey por la gracia de Dios y su representante en la tierra. Sus súbditos debían obedecer sin discernimiento y él debía trabajar y dedicarlo todo al bien del Estado. Con todas estas ideas, tomó como emblema un sol resplandeciente y de aquí viene su nombre de Rey Sol. Organizó el culto de la majestad real y cada acto ordinario de su vida diaria llegó a ser un episodio de culto, una ceremonia pública regida por una estricta etiqueta.

Hasta el acto de levantarse estaba reglamentado. Esto sucedía todos los días a las ocho de la mañana. Inmediatamente después que despertaba el monarca, eran introducidos los cortesanos en su cámara. Los más favorecidos eran admitidos desde el momento en que el rey salía de la cama y se ponía la bata. Los menos favorecidos entraban cuando ya se había frotado las manos con una toalla, impregnada con espíritu divino -lo que constituía todo su aseo- y acababa de vestirse. La camisa la presentaba al rey su hijo o un príncipe de sangre. La manga derecha se la ponía el primer camarero y la manga izquierda se la colocaba el camarero del ropero real.

El jefe del ropero real le sujetaba y le colocaba los pantalones. Y así sucesivamente se iba realizando este ritual hasta que el rey quedaba totalmente vestido y peinado. Cuando el rey comía, lo hacía solo, sentado frente a una gran mesa, atendido por más de 30 personas y aceptaba que personal de su corte lo acompañara y lo contemplara, pero sin comer. Luis XIV habitaba el Palacio de Versalles y su corte se componía de más de 10 mil personas.

Para gobernar se asesoraba por los hacendados, es decir gente que no pertenecía a la nobleza ni al clero. Uno de sus más notables ministros fue Jean Baptiste Colbert. La idea que inspiraba a Colbert era hacer de Francia la nación más rica y poderosa del mundo. Los resultados de su política no fueron todo lo brillantes que él aspiraba. La magnificencia de la vida de la corte, la construcción de innumerables palacios, fueron minando los recursos recaudados y el pueblo fue asolado por el hambre. Pero lo que Colbert no falló fue en hacer de Francia una potencia industrial y comercial. Murió en 1683 y la historia lo ve como el artesano de la gloria de Luis XIV.

Revocan Edicto de Nantes

Dos años después de la muerte de Colbert, Luis XIV revocó el Edicto de Nantes (que había consagrado la libertad de conciencia en Francia, en tiempos de Enrique IV), lo que ha sido considerado el error más grande de su reinado. Luis XIV pensaba que ya no quedaban protestantes en Francia; por lo tanto, el Edicto de Nantes no tenía razón de ser. Pero se equivocó. Eran más numerosos de lo que se imaginaba y con una fe a toda prueba en su religión. Prefirieron perderlo todo antes de renunciar a sus creencias y sin nada emigraron, a pesar de la prohibición que había. La desaparición de Francia de estos hombres capaces y esforzados debilitó singularmente al país. Los emigrados se constituyeron en un elemento de fuerza y prosperidad para los lugares que le dieron asilo, como Inglaterra, Holanda y Brandeburgo.

Los grandes escritores

Lo que dio gloria al reinado de Luis XIV fue lo que se llamó la gran época literaria. Ya en los tiempos de Luis XIII, Corneille, Descartes y Pascal habían revolucionado el pensamiento y las letras francesas. Con Luis XIV destacaron Moliere, Boileau, Racine y La Fontaine. Moliere, junto con ser escritor era director de teatro y actor. Su obra más famosa fue Tartufo. Boileau fue famosos por sus sátiras y Racine se caracterizó por escribir maravillosas tragedias, entre las que sobresalen Fedra y Atalía. La Fontaine destacó por sus fábulas, que hasta hoy hacen las delicias de los niños y adultos.

Fin del reinado

Este reinado glorioso de Luis XIV terminó en la derrota y en la ruina. La situación financiera era desastrosa, los ingresos eran bajísimos y la deuda pública considerable. Por causa de los impuestos, la miseria era general en todo el reino. Cuando el pueblo conoció la muerte de Luis XIV se dice que todos se estremecieron de alegría y dieron gracias a dios por la redención tan abiertamente deseada. Así terminaba este capítulo de guerra y opulencia.

Pero los hijos olvidan muy pronto las penalidades de los padres, y las generaciones subsiguientes sólo han querido recordar el brillo de las victorias, el predominio de Francia en Europa y, por último, la incomparable pompa de aquella corte de Versalles y aquellas maravillas de las letras y las artes que valieron al siglo XVII la calificación de siglo de Luis XIV.

El mal gobierno de Luis XV

Cuando murió Luis XIV, en 1715, dejó como heredero a un niño de 5 años, su bisnieto Luis XV. Tanto sus hijos como nieto y nieta habían fallecido antes que él. Así como en forma sucesiva, los monarcas habían asumido el poder a temprana edad.

El nuevo monarca gobernó tan largamente como su bisabuelo, pero no tuvo sus mismas características. Durante los primeros ocho años de reinado fue su regente Felipe II, Duque de Orleáns, famoso por sus costumbres inmorales y sus especulaciones financieras. A partir de 1723 iniciaba su reinado personal, pero, en este período también abandonó el gobierno en manos del cardenal André Hercule de Fleury, un anciano prudente y pacífico que gobernó hasta su muerte en 1743.

Después el poder estuvo en manos de diversos favoritos, tales como su amante, Antoinette Poisson, marquesa de Pompadour, cuyos caprichos elevaron y derribaron a ministros.

Los 30 últimos años de Luis XV fueron fatales para Francia. El pueblo lo despreciaba y odiaba y sólo quería marchar sobre Versalles para quemar el palacio, símbolo de la depravación. Al final del reinado en 1770 el abate Terray, encargado de la hacienda, fue llamado el “vacía bolsillos”, ya que para pagar los gastos de la corte echaba mano, sin escrúpulos hasta del dinero depositado por los particulares en las cajas del Estado. Ante las censuras que lo acusaban de robo, respondía que el rey era el dueño y que la necesidad lo justificaba todo.

Guerra al despotismo

Mientras este estado de cosas sacudía a los franceses, un grupo de filósofos hacía verbalmente la guerra encarnizada contra el despotismo y la intolerancia: Voltaire, Rousseau, Montesquieu y Diderot estaban junto al pueblo.

En uno de sus escritos, Voltaire decía: “Todo lo que veo es siembra de una revolución que llegará, pero de la que no tendré el placer de ser testigo”. El pueblo despreciaba a los ministros y al rey, se había habituado a hablar de revolución y empezaba a hablar de los Estados Generales cuando Luis XV, en 1774, murió de viruelas locas, enfermedad conocida por nosotros como la peste cristal.

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