Revolución Francesa

Fue el proceso social y político acaecido en Francia entre 1789 y 1799, cuyas principales consecuencias fueron el derrocamiento de Luis XVI, perteneciente a la Casa real de los Borbones, la abolición de la monarquía en Francia y la proclamación de la I República, con lo que se pudo poner fin al Antiguo Régimen en este país.

Aunque las causas que generaron la Revolución fueron diversas y complejas, éstas son algunas de las más influyentes: la incapacidad de las clases gobernantes —nobleza, clero y burguesía— para hacer frente a los problemas de Estado, la indecisión de la monarquía, los excesivos impuestos que recaían sobre el campesinado, el empobrecimiento de los trabajadores, la agitación intelectual alentada por el Siglo de las Luces y el ejemplo de la guerra de la Independencia estadounidense.

Las teorías actuales tienden a minimizar la relevancia de la lucha de clases y a poner de relieve los factores políticos, culturales e ideológicos que intervinieron en el origen y desarrollo de este acontecimiento.

Europa en el siglo XVII

Conmovida aún por el proceso de Reforma y Contrarreforma, el avance del protestantismo y las continuas beligerancias entre los estados, Europa enfrentó el siglo XVII con nuevas ideas en el terreno político con una supremacía de los monarcas y una recuperación evidente de la influencia de la Iglesia Católica.

También se desarrollaron la ciencia y el arte, que habían tenido su esplendor en los dos siglos anteriores, con el Renacimiento. Se crearon nuevos movimientos intelectuales, se perfeccionaron numerosos inventos, pero continuaron las guerras.

El predominio europeo se radicó especialmente en Francia, que pasó a ser centro neurálgico de todas las inquietudes religiosas, políticas, sociales, culturales y económicas. La política europea en este siglo adoptó como lema el siguiente principio: “Los reyes son los ministros de Dios en la Tierra, y por ello, su autoridad es santa y absoluta como la de Dios”. Esto motivó que no existiera soberano que no se creyese con derecho a ejercer un poder total.

El poder

En el siglo XVII, España fue gobernada por tres reyes: Felipe III, que estuvo en el poder desde 1598 hasta 1621 a 1655 y Carlos II, de 1665 hasta 1700. Todos ellos mantuvieron el centralismo que habían implementado Carlos I y Felipe II, pero ejercido por ministros o favoritos. Durante el reinado de Carlos II se produjeron rencillas internas que causaron un desaliento en el comercio con América y en la misma industria naval hispana. Con Felipe IV, España luchó contra los Países Bajos.

En 1648 tuvo que reconocer su derrota y en 1668 pasó lo mismo con Portugal; en 1670 debió ceder a Inglaterra el dominio sobre Jamaica. Al terminar el siglo. España era una potencia de segundo orden.

Muerte de Isabel

En Inglaterra, al morir la reina Isabel, en 1603, sus sucesores pretendieron gobernar el país tal como lo había hecho la soberana: manejando a su gusto el Parlamento. Pero las cosas habían cambiado. La clase comerciante se había fortalecido y comenzó a ejercer su influencia.

El rey Carlos I, que quiso implantar impuestos sin la aprobación del Parlamento, fue condenado a muerte como traidor y tirano. Entre los años 1649 y 1658 Inglaterra tuvo un gobierno republicano dirigido por Oliverio Cromwell, quien continuó la política de Isabel, en el sentido de aprovechar para Inglaterra las deficiencias de la política del rival más fuerte de ese periodo: España.

Al fallecer Cromwell, los ingleses eligieron rey a Carlos II. Este, para no tener el mismo fin de su padre (murió en el patíbulo) se cuidó mucho de obedecer siempre al Parlamento. En 1688, Guillermo III juró para sí y sus sucesores la “Declaración de los Derechos” con la cual se establecían “los verdaderos, antiguos e indudables derechos del pueblo”.

De esta manera, Inglaterra, en pleno siglo de las monarquías absolutas, dio el primer ejemplo de monarquía parlamentaria, según la cual el soberano no podía adoptar determinadas medidas sin la aprobación del Parlamento.

Desarrollo de la ciencia

Las artes, las letras y la ciencia tuvieron un desarrollo impresionante en el siglo XVII. En esta época culminó la obra iniciada por Nicholás Copérnico en el campo de la ciencia, cuando el inglés Isaac Newton inventó el cálculo diferencial, sistema clave de las matemáticas superiores.

Este genio publicó , el año 1687, “Los principios matemáticos de la filosofía natural”, que es uno de los libros más importantes del pensamiento universal. Allí formuló la ley de gravitación universal, teoría matemática general que determina la posición y el movimiento de todos los cuerpos en el universo. En 1616, el matemático y físico italiano Galileo Galilei se vio enfrentado al tribunal de la Inquisición. Este lo obligó a desdecirse de su creencia de que la Tierra se mueve alrededor del Sol.

El Tribunal de Santo Oficio consideró que la teoría de Galilei contradecía las enseñanzas de la Sagradas Escrituras y, por lo tanto, se le prohibió difundir sus conocimientos. También se le encarceló y fue obligado a retractarse.

En este siglo, el inglés John Napier inventó los logaritmos, un procedimiento que permite simplificar, en sumas y restas, operaciones matemáticas complejas. El filósofo francés René Descartes desarrolló, además, el sistema de coordenadas y creó, de esta manera, la geometría analítica actual.

En 1643 fue inventado el barómetro, y algunos años más tarde el físico alemán Gabriel Fahrenheit fabricó el primer termómetro de mercurio. Posteriormente, el astrónomo sueco Celsio inventó el termómetro centígrado con una escala de 0 grados a 100 grados, puntos en que se congela y hierve el agua, respectivamente. El primer estudio científico sobre el magnetismo lo realizó William Gilbert, médico de la reina Isabel I de Inglaterra, quien explicó la acción de la brújula mediante la idea de que la Tierra era un inmenso imán.

El inventor del pararrayos, el norteamericano Benjamín Flanklin, fue el primero en distinguir la electricidad positiva y la negativa. A fines del siglo siguiente se establecieron las bases para el desarrollo de la electricidad, que comenzó a usarse en el siglo XIX.

Los grandes filósofos realizaron también importantes obras, a la par con los estudios científicos. Nacieron dos escuelas filosóficas: el empirismo (el origen del conocimiento está en la experiencia) y el racionalismo (su origen está en la razón). De estas corrientes surgieron más tarde otras corrientes y pensamientos que dieron origen, en el siglo XVIII, a lo que se llamó la edad de la razón y de la ilustración.

 

Las inquietudes sociales

Muchas transformaciones sociales, culturales y especialmente políticas, llegaron con el siglo XVIII. El avance de la ciencia, el despertar del pensamiento impulsado por filósofos y pensadores y el crecimiento cada vez más sostenido de la población, permitieron que en toda Europa surgieran movimientos contrarios a las monarquías y a los sistemas de gobierno imperantes. Las inquietudes mayores se reflejaron a partir de mediados de la centuria y desembocaron en la revolución en Francia.

Al comenzar el siglo, la vida parecía transcurrir plácidamente en algunas regiones. La agricultura se mantenía como la principal fuente de recursos. Entre el 80 y el 90 por ciento de la población vivía en el campo. En Inglaterra y Holanda se acrecentaron los conocimientos en siembras y cultivos, y surgió la llamada revolución agraria. Se hizo conocida y adquirió fama la Escuela Fisiocrática, que desarrolló el primer modelo completo de teoría económica y sostenía que toda la riqueza tenía su origen en la tierra.

Revolución demográfica

En el transcurso de esta centuria se produjo otra revolución: la demográfica, que fue el resultado de una disminución de la tasa de mortalidad infantil y de una prolongación de la duración media de vida. El promedio de vida era de 21 años en 1680, y aumentó a 32 años en 1774. Entre 1780 y 1789, la población europea aumentó de 120 millones a 187 millones.

Hasta pocos años antes de que en Francia surgieran los problemas que llevaron a la revolución de 1789, se mantuvo en Europa la organización social tradicional, caracterizada por la ordenación jerárquica de sus órdenes y estamentos.

En los países católicos se mantuvieron las tres órdenes, que eran el clero, la nobleza y el estado llano. En cambio, en los países protestantes había desaparecido el clero como estamento de la sociedad. En las naciones más desarrolladas, como Inglaterra y Francia, se produjeron, a partir de mediados de siglo, algunos desajustes entre las estructuras sociales, económicas y políticas. Nació así la incertidumbre acerca de si esta inquietud terminaría pacífica o violentamente.

Publicado en: SocioHistóricas

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