La sociedad humana

Todos los respetos de que hemos hablado, mandamientos de la moral, significan un vaivén de influencia que se resume en que eterno principio. “No hagas a los demás lo que no quieras que te hagan. “

Así, el respeto de la propia persona obliga al respeto para el prójimo. El respeto a la propia familia obliga al respeto de los lazos familiares entre los demás.

El respeto al propio país lleva al respeto para los demás países. Y todo ello se suma en el respeto general de la sociedad humana.

Estos respetos conducen de la mano a lo que podemos llamar el respeto a la especie humana: amor a sus adelantos ya conquistados, amor a sus tradiciones y esperanzas de mejoramiento. Las tradiciones no deben confundirse con las meras cosas ya sucedidas, pues también suceden cosas malas. La moral enseña a distinguir las buenas: sólo éstas constituyen tradición respetable.

Las esperanzas de mejora humana no deben confundirse con las quimeras. Y aquí no es el criterio moral, sino la inteligencia y la cultura las que nos ayudan a distinguir. Esperar que al hombre le nazcan alas es absurdo. Pero ayudar al descubrimiento de la aviación o tener confianza en la ciencia que lo procuraba fue perfectamente legítimo.

Ahora bien, si consideramos a la especie humana en conjunto, vemos que ella se caracteriza por el trabajo encaminado hacia la superación. El animal sólo trabaja para conservarse. El hombre, para conservarse y superarse. Nunca se conforma el hombre con lo que ya encuentra. Siempre añade algo, fruto de su esfuerzo.

Pues bien, el respeto a nuestra especie se confunde casi con el respeto al trabajo humano. Las buenas obras del hombre deben ser objeto de respeto para todos ellos. Romper un vidrio por el gusto de hacerlo, destrozar un jardín, pintarrajear las paredes, dañar una señal o un teléfono público, quitarle un tornillo a una máquina, todos éstos son actos verdaderamente inmorales. Descubren, en quien los hace, un fondo de inconsciencia, un desprecio a los bienes de la comunidad y una falta de imaginación que le impide recordar todo el esfuerzo acumulado detrás de cada obra humana.

Hay ciudades en que se acostumbra separar los desperdicios de la vida doméstica, que llamamos genéricamente basura, para facilitar su recolección y su reaprovechamiento: papeles, vidrios, plásticos, maderas y desechos de la comida. Hacerlo en una manera de respeto al trabajo humano. Y el desperdicio y el despilfarro son también una inmoralidad.

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